22 oct. 2009

La Pedrera reivindica la pureza y femineidad de la obra de Maillol


Quizá el nombre de Arístides Maillol (Banyuls, Francia, 1861-1944) no sea tan conocido como el de August Rodin o el de Henry Moore, por citar dos ejemplos, pero su obra y sus aportaciones al lenguaje escultórico del siglo XX son incuestionables. De hecho, el propio Rodin lo definió como: «el escultor francés más grande». Pero Arístides Maillol no solo fue un gran artista sino que, además, fue quien abrió las vías de la renovación escultórica que desembocaron en la abstracción de las primeras vanguardias del pasado siglo. «Por eso –explica Alex Susanna, director cultural de la Obra Social de Caixa Catalunya–, por la evidencia de su talento, y porque muchas veces se le ve como un exponente del clasicismo y no como lo que realmente fue: alguien que rompió con todo lo que representaba la escultura del siglo XIX» es por lo que la Pedrera le dedica, hasta el 31 de enero, una completa retrospectiva.
La muestra recoge las principales piezas del artista y recorre su evolución en todos los campos, ya que Maillol no solo realizó escultura. Se dedicó también a la pintura, el tapiz, el dibujo y la ilustración. Y la actual muestra «pretende mostrar la poligenesis de Maillol», matiza Susanna. De esta manera, recoge desde sus esculturas monumentales, como El río (1938) –esta se exhibe en la calle– La montaña (1937), Debussy(1930), Mediterráneo (1905) y la inacabada Armonía (1940), hasta un autorretrato pintado según el estilo de Courbet, pasando por los dibujos inspirados en la Ondina, de Gauguin. La primera muestra sobre el artista en España en los últimos 30 años recoge 121 piezas y aspira a superar los 100.000 visitantes. .

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